miércoles, 28 de enero de 2009

Mi plan B-olivia

    Sábado 28 de diciembre, ocho de la noche, aeropuerto internacional de Lima. Sin compañía bebo el último trago del café más costoso de mi vida en una vulgar taza de porcelana blanca.
A once horas de mi llegada a Perú comienzo a sentir el cansancio producto de tres días sin dormir.
    Antes de pararme a caminar una vez más de extremo a extremo del área de tránsito, dejo un billete de 5 dólares sobre la servilleta y sin esperar el cambio que nunca llegará, me retiro de aquel poco acogedor cafetín.

    Luego de hacer un par de llamadas internacionales tomo la acera mecánica y escojo un asiento a unos 20 metros de la puerta número 14 con destino a la paz. La calma reina en aquella ala del aeropuerto. Hay grupos de dos a tres personas dispersos en el lugar, cada uno habla una lengua diferente, pero desde mi puesto apenas llegan los susurros, susurros que se mezclan y aturden mi subconsciente. Al cabo de unos minutos me encuentro debatiendo fuertemente con el sueño que no puedo disfrutar por estar solo. Ni pensar que hasta hace dos días aun creía estar incluido en un grupo de 198 delegados de Venezuela al Moot panamericano en Bolivia.

    24 de diciembre de 2008. La asociación de scouts de Venezuela emite un comunicado a 198 de sus miembros en todo el país. Dicho comunicado consiste básicamente en una lista donde salían reflejados los nombres de 150 de ellos. Todo el que no viera su nombre plasmado, debía considerarse fuera de la delegación. La arbitrariedad de la decisión fue camuflada con la excusa del certificado internacional de vacunación contra la fiebre amarilla, alegando que se trataba de un requisito impuesto por la aerolínea TACA.

    Puerta número 14. Llegó el momento de abordar el avión. La aeromoza toma el boleto, verifica el número y señala con la mirada el asiento junto al ala derecha donde debo sentarme. Una vez en el aire me atrevo a cerrar por un momento los ojos, como si de esta manera pudiera ofrecerles algo parecido al colirio.

     El día de navidad parecía muerto en Caracas, pero no para quienes llegaban poco a poco a la sede de la Asociación de Scouts de Venezuela. Unos de ellos llenos de alegría, otros de una rabia incontenible. A la llegada de cada rover expulsado de la delegación, la multitud enardecía en reclamos contra la incompetencia y la negligencia de no tener un plan “B”.

     La cabina de la aeronave es abierta y el frió aire paceño se hace sentir de inmediato. Media noche. Una última fila, otra planilla, un sello más. “Bienvenido a Bolivia” pronunció el oficial de migración con voz autómata.

     Viernes 26. A una hora de la apertura de la venta de boletos para lista de espera, la ineptitud logra una vez más hacer de las suyas. Dirigentes discuten el caso ante el Indepavis, que de inmediato sanciona a la aerolínea impidiéndole vender boletos por tres días. Como si eso afectara el bolsillo de la empresa que desde hace un mes no tiene cupos en ningún vuelo para esos tres días. 5:30 de la tarde. Hace un día que partió la delegación, pero yo no me quedo aquí. En media hora cierran la agencia de viajes. El tráfico vehicular en la autopista Caracas-La Guaira parece estar de mi lado. Sin embargo diez minutos extras fueron necesarios para llegar a tiempo. Yuraima, mi ex-jefa de grupo, logró distraer a la encargada de la agencia, evitando así que cerrara sus puertas. “Tenga su boleto señor. Feliz viaje”. El vuelo despega al amanecer, pero hasta que no tenga el sello de Bolivia en mi pasaporte no dormiré.